Grandes funerales: Antonio Gaudí

Siete de sus obras son consideradas Patrimonio de la Humanidad, él sobradamente conocido pero…

La historia de hoy podría calificarse como rocambolesca; Antonio Gaudí, gran genio de la arquitectura, figura clave del modernismo y uno de los pioneros de las vanguardias artísticas del siglo XX, estuvo a punto de pasar sin pena ni gloria por la historia a causa de su fallecimiento. Así, como os lo cuento.

Pero a pesar de ser un genio o un loco, según se mire, Antonio Gaudí fue un hombre con una delicada salud que le acompañaría toda su vida; vegetariano convencido, a veces se sometía a unas estrictas dietas que hacían todavía peligrar más su vida. La imagen que se ha dado de este genial arquitecto es la de un ser huraño y parco en palabras, sin embargo, las personas que trabajaron codo a codo con él le definen como un hombre culto, buen conversador y amable.

Su apariencia personal también tuvo dos vertientes: sus imágenes siendo más joven muestran a un dandi en toda regla; trajes con buen corte, aseo personal impecable y gustos elitistas por la comida. Según fue envejeciendo y recibiendo varapalos por los fallecimientos de sus seres queridos Gaudí se fue dejando; dio paso a los viejos trajes, su barba y su cabello ya no se mostraban tan bien cuidados y su alimentación pasó a ser prácticamente nula. Se consagró tanto a la construcción de la Sagrada Familia que se olvidó de él mismo.

Y en la Sagrada Familia debía ir pensando el 7 de junio de 1926; Gaudí sale de las obras de su “Catedral de los pobres” y camina hacia la iglesia de San Felip Neri, cruza la Gran Vía de les Corts Catalanes y en la esquina entre la calles Bailén y Girona cruza la calle torpemente apoyado en su bastón.

Por la calle asoma un tranvía que circulaba a 10 kilómetros por hora (en aquella época era ir rápido) y en unos segundos arrolla a un septuagenario Gaudí. El impacto terrible: costillas y sien golpeadas, el arquitecto herido de gravedad pierde el conocimiento y queda tendido en el suelo.

Y aquí señores entra la mezquindad del ser humano; su pantalones desgastados, su chaqueta abrochada con imperdibles y sus pies cubiertos con tela hicieron que en esos primeros y vitales momentos a Gaudí le tomaran por un mendigo, nadie le auxilió.

Pasados esos primeros minutos el cuerpo vapuleado de Gaudí sigue tendido en el suelo, por fin se acerca un par de ciudadanos: Antonio Roig y Antonio Noria. Valorando la situación piensan que lo más importante es trasladar a aquel “mendigo” a un dispensario o al hospital. Intentar lo intentaron, echaron el alto hasta a cuatro taxis para que auxiliaran al atropellado; tres de ellos dieron la excusa barata de que su tapicería corría peligro, el cuarto directamente ni se paró. Entra en escena Ramón Pérez, un guardia civil que después de buscar infructuosamente la documentación del accidentado – Gaudí sólo portaba encima un libro de Evangelios, un pañuelo y una pequeña llave- se hace cargo de la situación y obliga a un taxista a trasladar al artista a un dispensario cercano, para asegurarse de que el herido llegaba para recibir la ayuda necesaria, él mismo lo acompaña.

La apariencia descuidada del arquitecto vuelve a ser predominante, según el libro de registro, ya que Gaudí recobró el sentido en algún momento pudiendo facilitar su identidad. Pero lo que consta en dicho libro es perplejidad ante el nombre dado así como unos primeros auxilios superficiales: “Se aprecia un traumatismo a la altura de la oreja derecha y conmoción general del paciente, que dice llamarse Antonio Gaudí”.

El traslado de Gaudí al Hospital Clínico es inminente, poco se podía hacer en el dispensario. La providencia, el destino o vaya usted a saber qué, hace que finalmente Antonio Gaudí sea traslado al Hospital de la Santa Creu. Su estado de salud es grave – costillas rotas, hemorragia interna y contusión en la pierna derecha- y después de que su identidad sea confirmada al día siguiente por su buen amigo y capellán de la Sagrada Familia, Gil Parés, los médicos desaconsejan el traslado del artista a un hospital privado.

Tres días aguantó Antonio Gaudí, tres días en los que una vez que se supo de su identidad hizo que multitud de personas se acercaran al hospital para saber del estado de salud del afamado arquitecto. Ahora todo el mundo le conocía pero Gaudí no resistió más y el 10 de junio fallece a causa de las graves heridas o de no haber recibido ayuda antes, nunca se sabrá.

Después de la autopsia donde se dictamina las causas de la muerte como: trastorno mecánicos de la capacidad de funcionar del cerebro y la médula debido a la presión de derrames (…). Su cadáver es embalsamado según el método Aeternitas- aplicación intramuscular de una fórmula patentada –es introducido en un féretro de roble y cubierto por una sábana mortuoria de color púrpura.

Comienzan las exequias y Barcelona se vuelca en su arquitecto más ilustre; varias capillas de la ciudad emplazaron a realizar misas cada media hora y a las cinco de la tarde comienza a formarse el cortejo fúnebre. Según publicaciones de la época, el féretro del maestro es introducido en una carroza fúnebre precedida por guardias del cuerpo de seguridad a caballo. Les seguía la policía a pie y un nutrido grupo de personalidades; el anciano que entró como “mendigo” en aquel dispensario daba su último paseo acompañado de una multitud.

Gaudí hubiera querido un funeral sencillo acorde a su manera de ser, no hubo manera. Más de 5000 personas se apiñaban en la explanada de la Sagrada Familia, su última morada, y a pesar que el Ayuntamiento tuvo que prohibir la entrega de coronas, como quería el arquitecto, no fue impedimento para que las floristas de las Ramblas lanzaran sus flores al paso del cortejo. Crespones negros colgaban de los edificios diseñados por Gaudí, el repicar de las campanas al paso del carruaje y el silencio que imperaba en el ambiente hacia que pareciera todo un funeral de Estado.

Antonio Gaudí está enterrado en la capilla del Carmen y allí descansa, dentro de su adorada “Catedral de los pobres” que tanto trabajo, alegrías y quebraderos de cabeza le dio.

Seguramente cuando su director de la Escuela de Arquitectura de Barcelona le hizo entrega del título y le dijo:

Hemos dado el título a un loco o a un genio, el tiempo lo dirá.

Y el tiempo dijo: se pierde a un genio, pero nos queda su locura a través de sus obras. Descanse en paz maestro.

 

 

Clara Redondo

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