Grandes funerales: Práxedes Mateo Sagasta

Tal día como hoy de 1903 fallecía Práxedes Mateo Sagasta, miembro del Partido Liberal y Presidente del Consejo de Ministros y famoso por sus dotes retóricas. Famosa es su frase “Ya que gobernamos mal, por lo menos gobernaremos barato”.

Por su manera de hacer política, sus ideales que realmente no pudo llevar a cabo porque eran demasiado “ideales” y por cómo se dirigía al pueblo, Sagasta fue considerado uno de los Hombres Ilustres que debería descansar en el panteón del mismo nombre.

Su capilla ardiente se instaló en el Congreso, donde se hicieron largas colas. Los comercios cerraron por luto, y los balcones de alrededor del edificio se decoraron con crespones negros por iniciativa de sus dueños. En todos los edificios del estado ondearon las banderas a media asta, y a los funcionarios se les dio el día libre.

De la instalación de la capilla ardiente se encargó una funeraria situada en la calle Preciados 20. El túmulo y el dosel bajo el que se colocó el féretro eran sencillos y elegantes; todas las paredes fueron decoradas con paños negros y galones con franjas doradas. Una doble fila de candelabros sostenían las numerosas coronas depositadas, llegadas de todas partes del país y de todos los estamentos. Se hicieron turnos para velar el cadáver, ya que todas las personalidades querían tener el honor de hacerlo, y se dijeron 24 misas en su honor.

Cuando la capilla ardiente fue cerrada al día siguiente, el féretro fue trasladado a una carroza funeraria no sin antes recibir un último responso.

La carrera de San Jerónimo y adyacentes se llenaron de personas que querían rendirle un último tributo.

La carroza fúnebre era un lujoso carruaje estufa, del que tiraban 8 caballos con lujosos jaeces y gualdrapas, de los que cuidaban 8 palafreneros, y que a su vez eran escoltados por una sección de alabarderos.

Una sección de la guardia civil de caballería, cuatro piezas de artillería, el batallón de infantería de Wad-Ras, a cuyo mando iba el coronel Nájera portando una bandera plegada con un crespón, iniciaban la comitiva. A esta le seguían los acogidos de la beneficencia, cofradías y sacramentales, el clero parroquial, cinco carruajes llenos de coronas, el coche fúnebre de los milicianos y el clero de la parroquia de San Jerónimo con una cruz alzada.

Detrás de la carroza fúnebre iba el gobierno entero, encabezados por Silvela, el Marqués de la Mina en representación de la realeza y representantes de la cámara y el Senado. En un coche de honor iba sola la corona que S. M. la Reina había enviado , seguido por el resto de carruajes que llevaban las de sus nietos y las expuestas en la capilla ardiente.

Al final de la comitiva, entre los admiradores del pueblo, se encontraba una mujer vestida de luto, más conocida por “la pajaritos”, a quien le unía una gran amistad con Sagasta desde hacía 11 años, ya que una vez en Atocha le lanzó a los pies flores y unas palomas para llamar su atención. Y lo consiguió. Ese día lloraba la pérdida de un amigo.

Al llegar la comitiva a la calle Julián Gayarre, en la puerta principal del panteón, se detuvo el cortejo para que desfilaran por el paseo María Cristina un zaguanete de alabarderos, un escuadrón de la escolta real a galope corto, la infantería a paso de marcha, artillería y caballería a trote corto. El desfile duró una hora.

 

Una vez terminado este, suenan las salvas y la carroza avanza a la puerta del panteón. El féretro es conducido a hombros por importantes personalidades de la época, y este fue recibido a puertas de la basílica por el clero y la familia del difunto.

Se depositó el féretro junto a la fosa para un responso. Después se introdujo dentro de una caja de plomo el féretro de ébano con los restos de Sagasta. Sobre el féretro se colocó un crucifijo y esta caja fue cerrada con una tapa de plomo, que fue soldada. Una vez acabada la soldadura, ya de noche, se colocaron sobre este arcón las coronas de la reina, su nieta y el Marqués de la Vega.

Para finalizar, se colocaron cruzadas tres barras de mármol y apoyadas sobre esta la tapa, de mármol y con diez centímetros de espesor, sellándola para siempre.

 

La obra escultural pertenece a Mariano Benlliure, y podéis visitarla en el Panteón de Hombres Ilustres de Madrid.

Paloma Contreras

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